Un músico en el negocio de la música
Luego de años de apreciación, investigación y práctica constante, llega a ti la respuesta ansiada: para tu completa autorrealización, concluyes, es necesario vivir envuelto en diversos sonidos mezclados entre sí para formar excelsas y deleitables melodías. Admirado, decides compartir esta gran revelación con el mundo sólo para ser abatido con una de las frases más lapidarias jamás enunciadas: “te vas a morir de hambre”.

La música fue declarada como una de las diez actividades con menor rentabilidad, y además señalada con un alto porcentaje de su ejercicio en la informalidad, en un estudio publicado hace pocos meses —a finales este año (2017)— bajo la realización del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).
Al escribir esta reflexión indago sobre algunos aspectos vinculados a lo anterior para aproximar a quienes la lean a posibles respuestas para explicar dicho escenario. Es necesario mencionar, antes de iniciar, que los señalamientos aquí realizados son apenas unos cuantos de los diversos factores responsables: hay muchos más, y dedicaremos un espacio en estas publicaciones —las filas del reino— para hablar de ellos.
Cuando inicias en la música, lo haces (por lo general) sin ninguna intención de lucrar con la actividad artística. Las habilidades en ejecución, interpretación, composición, etcétera. se vuelven cada vez más desarrolladas hasta un punto en el cual surge la idea de abrazarlas como ocupación de vida: como un trabajo.

¿Cómo produce dinero un artista? ¿Cómo se generan sus recursos? ¿Qué necesidad cubre y a quienes lo hace? ¿Es de verdad un negocio rentable? ¿Se puede vivir de la música?
Las preguntas florecen al tratar de hallar respuesta a la sentencia económica. “No cualquiera se dedica a las artes”, se cree por sabiduría popular en la esfera social: se debe cumplir cierto perfil, se rumora. En el afán de comprobar lo contrario, se inician una serie de vivencias dulces y amargas; y de estas últimas, muchas sucede por total desconocimiento de los nodos de la industria musical.
El todavía por algunos muy añorado contrato discográfico no es sino la cesión de una gran cantidad de derechos económicos; cedidos sólo porque se ignora su valor, o peor aún: su existencia. Créeme: lo último que quieres (hoy) es un contrato discográfico.
Como artistas independientes el escenario no mejora: firmamos y firmamos contratos de producción, postproducción, distribución, representación… pero no crecemos. Pagamos por servicios de todo tipo, y terminamos con nuestros ahorros y recursos generados desde otro trabajo… pero no crecemos.
La desesperación nos lleva a una salvaje lucha por acaparar los foros para presentar actos de una hora llenos de música que nadie conoce —y por lo tanto a nadie le interesa escuchar— para así demostrar ser la mejor banda de la Ciudad; o aún más ambicioso: ¡del país!
Poco a poco caemos en declaraciones genéricas y lugares comunes. Por ejemplo, la conocida regla “para apoyar la escena” según la cual los músicos de las bandas del cartel de la tarde/noche deben quedarse a ver el acto de los otros artistas que conforman el espectáculo. Y…pues…¡No!: los otros artistas no son el segmento meta: no son quienes de manera eventual van a pagar por el show, o por una playera; ni van a buscar o descargar tu música en streaming.
Hemos escuchado tantas veces que “una banda es una empresa”; no obstante, nunca hemos sabido porqué, ni cómo hacerla generar dinero tal como una empresa de cualquier sector está empeñada en hacer. ¿Por qué creen que las disqueras, distribuidoras, consultoras, agencias de servicios, estudios de grabación, sí producen dinero? Spoiler: porque sí son empresas. Y no: la solución no es poner tu disquera, distribuidora, consultora, etcétera.

¿Mi punto exacto? Los músicos sabemos de música: no de negocios. Fuera de las disciplinas sonoras, pasamos mucho tiempo aprendiendo sobre marketing (que si el branding, o la merch, o las tocadas, o las redes), y muy poco aprendiendo sobre negocios.
Si has puesto atención, habrás encontrado algo curioso: la música parece, de hecho, un negocio rentable para todos… menos para los músicos. Nos rodeamos de gente que sabe hacer música, diseñar logos, crear y vender mercancía, producir y grabar canciones, contactar medios; sin embargo, ninguno de ellos sabe mover negocios.
Urge (y sólo es una de las tantas tareas necesarias) que los músicos aprendamos sobre negocios. ¡Atención!: saber de negocios no implica de manera literal dedicarte a hacer dichos negocios. Por el contrario: te otorga la capacidad de reclutar a la persona indicada (en cada rubro) para delegarle las tareas indicadas, y así el negocio camine y continúe andando, mientras tú haces lo que sabes —¡y quieres!— hacer: música.